El aumento del calor extremo ha desatado una creciente preocupación entre los expertos en salud pública, especialmente en relación a la salud renal. En un estudio reciente realizado por investigadores del Imperial College London, se reveló que durante la ola de calor de junio a julio de 2025, al menos 2,305 personas perdieron la vida en doce ciudades europeas, siendo Madrid y Barcelona algunas de las más afectadas. Este fenómeno ha resaltado la vulnerabilidad de los riñones, que son uno de los primeros órganos en resentir el impacto del calor. A medida que las temperaturas suben, el cuerpo emplea mecanismos para enfriarse, como la sudoración, lo que puede llevar a una pérdida excesiva de líquidos y sodium, comprometiendo así la función renal. La doctora María Vanessa Pérez Gómez, nefróloga en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, enfatiza la importancia de entender estos riesgos en un mundo que enfrenta el cambio climático.
Durante una ola de calor, el cuerpo humano puede perder cantidades críticas de agua y sales necesarias para su funcionamiento óptimo. Cuando el riñón no recibe el volumen adecuado de sangre debido a la deshidratación, se ve obligado a trabajar bajo condiciones de estrés. Esto es particularmente peligroso para aquellos que ya sufren de enfermedades renales crónicas, quienes tienen una capacidad reducida para adaptarse a los cambios. Según la doctora Pérez Gómez, la exposición prolongada al calor no solo puede provocar un fallo renal agudo en días, sino que también puede acelerar el deterioro de la función renal a largo plazo. Este deterioro es especialmente insidioso, ya que puede ocurrir sin que los pacientes sientan síntomas evidentes hasta que el daño ya está hecho.
La severidad de la deshidratación es a menudo subestimada, a pesar de que sus señales son claras. Los síntomas como la sed intensa, boca seca, fatiga y mareos indican que el cuerpo está sufriendo. La orina oscura o escasa es una clara señal de que los riñones están trabajando demasiado para conservar líquidos, elevando así el riesgo de daño renal. Para las poblaciones vulnerables, como los ancianos y los niños, así como aquellos que trabajan al aire libre, estos efectos se ven amplificados. Las estrategias de prevención de salud deben incluir educación sobre hidratación adecuada y sobre cómo reconocer las señales de deshidratación, enfatizando que la hidratación debe ocurrir antes de sentir la sed, un signo que puede llegar demasiado tarde.
Más allá de las condiciones climáticas extremas, la nutrición y la ingesta de líquidos juegan un papel crucial en la protección de la salud renal. Es fundamental no solo reponer agua, sino también sales y electrolitos, especialmente en climas cálidos. Las bebidas azucaradas y alcohólicas son desaconsejables, ya que no reponen adecuadamente las sales necesarias y pueden agravar condiciones existentes como la diabetes. La comunidad médica avisa que se debe evitar la intromisión o el exceso de líquidos, ya que la sobrehidratación presenta riesgos similares, generando un desbalance de sodio que podría ser fatal. En este sentido, existen recomendaciones específicas para cada grupo de riesgo que deben ser discutidas y aplicadas con anticipación.
La intersección entre el cambio climático y la salud renal es un fenómeno que requiere urgentemente atención en las agendas de salud pública. A medida que los datos continúan surgiendo, como el análisis de DAPA-CKD que correlaciona temperaturas elevadas con un deterioro gradual en la función renal, es evidente que la creciente temperatura global no solo debe ser discutida en términos de salud ambiental, sino también en su impacto directo sobre la salud. Las iniciativas de salud pública deben priorizar la educación y la prevención de las enfermedades renales, especialmente en contextos de calor extremo, asegurando que las comunidades más vulnerables reciban la atención necesaria. La salud renal es un componente crítico del bienestar general, que no debe ser descuidado mientras enfrentamos un futuro más cálido.










